martes, 17 de noviembre de 2015

RELACIÓN ENTRE ARTE Y DEMENCIA

Por: Stephany Trujillo
Los artistas, especialmente aquellos que expresan su talento y creatividad mediante la pintura, suelen revelar la personalidad a través de sus cuadros. Los estados de euforia, alegría o depresión se vuelcan en la temática y en el estilo de sus obras. De la misma manera, los trastornos mentales alteran y modifican la producción artística, y muestran la evolución de la enfermedad. Un caso emblemático es el de Louis Wain (1860-1939), que en la Inglaterra victoriana devino famoso pintando gatos antropomórficos con vestimenta de la época, mientras realizaban distintas actividades humanas. Cuando Wain desarrolló el trastorno de esquizofrenia, se produjo un paralelismo entre la evolución de su enfermedad y los gatos que pintaba. Éstos dejaron de ser convencionales para transformarse, poco a poco, en animales de expresión feroz y agresiva, rodeados de halos de distintos colores y formas fantásticas con explosión de radiaciones cargadas de energía. En sus últimas obras, es difícil distinguir la imagen de un gato, y sus pinturas han sido incluidas en libros de texto de psiquiatría para demostrar el deterioro progresivo de un trastorno mental como la esquizofrenia.

WILLIAM UTERMOHLEN

William Utermohlen (1933-2007) nació en el seno de una familia de origen alemán que estaba radicada en la ciudad de Filadelfia, Estados Unidos. Desde su temprana infancia manifestó claramente su inclinación hacia la actividad que desarrollaría durante el resto de su vida. Ya en su niñez mostró verdadera pasión por la pintura y a los 18 años ingresó en la Pennsylvania Academy of the Fine Arts, de gran prestigio en los Estados Unidos, donde estudió durante seis años. De aquella época se conserva un autorretrato hecho al lápiz que muestra a William de aproximadamente 22 años, delgado, de buena presencia, aspecto taciturno y mirada pensativa.
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Autorretrato (1965)

Continuó sus estudios en la Ruskin School of Drawing and Fine Arts de Oxford, en Inglaterra. Es allí donde a partir de 1957 consolidó su habilidad pictórica. Su arte era apreciado ya que realizó numerosas exposiciones en Europa y Estados Unidos.

Entre EL expresionismo y el surrealismo

Un autorretrato de 1965 muestra a un William de 32 años, de mirada vivaz y penetrante, que, por su barba, algo desaliñada, y su incipiente calvicie, aparenta una edad mayor. En esa época se casó con Patricia, una historiadora de arte. Por entonces su estilo osciló entre el expresionismo lineal y el surrealismo, con una amplia gama temática que incluía desde demostraciones públicas contra la guerra de Vietnam hasta paisajes, personas y grupos familiares. Varias de sus pinturas evocaron los desfiles y festivales de Mummers de Filadelfia, considerados las fiestas folclóricas más antiguas de Estados Unidos. Sus pinceladas eran muy personales, prescindían de la perspectiva y solían incluir imágenes estilo pop; utilizaba siempre colores fuertes y uniformes que guardan cierta semejanza con el arte De Chirico. 

William fue un pintor figurativo y expresó gran parte de su obra en series, muchas veces en forma de secuencias; la más extensa e importante fue el Ciclo del Dante, y describe el reconocimiento y el rechazo del pecado en el viaje hacia el infierno. Constituyen imágenes perturbadoras del dolor y del sufrimiento.
Nieve (1991)

Se diagnostica la enfermedad de Alzheimer

Cuando William tenía aproximadamente 60 años, Patricia comenzó a detectar en su esposo dificultades para abrocharse el cuello de la camisa, falta de memoria, problemas en el manejo del dinero y pérdida de habilidades para la escritura. Se lo veía deprimido, sumamente distraído y ausente del entorno que lo rodeaba. Estaban apareciendo los primeros signos de senilidad mental precoz.
En 1995, con 62 años, Patricia lo hizo examinar por el Grupo de Investigación en Demencias, del Instituto de Neurología del University Collage de Londres, para la detección de un posible deterioro cognitivo. En la evaluación que se le realizó – por entonces existían estudios avanzados de imágenes, como la resonancia magnética - , se le descubrió un deterioro moderado en múltiples áreas vinculadas con las funciones cognitivas, junto con atrofia cerebral generalizada. Quedó confirmado el ominoso diagnóstico de enfermedad de Alzheimer. Evaluaciones periódicas mostraron que el proceso de daño neurológico avanza irremisiblemente.

Los autorretratos de la enfermedad

Desde el momento del diagnóstico, la mayor parte de la producción artística de William se centró en la realización de autorretratos, y en esta decisión fue determinante la enfermera que lo atendía, ya que fue ella quien lo estimuló y le sugirió que fuera retratando su propio rostro a lo largo del tiempo. Ignoramos si William era consciente o no de los cambios, pero éstos reflejaban fielmente la evolución de su enfermedad. Produjo una sucesión de un cuadro por año hasta el año 2000; después de esa fecha ya no estuvo en condiciones de seguir pintando.

Si se toma como base su autorretrato de 1965, pueden apreciarse las variaciones de su rostro. Además de mostrar una disminución progresiva de sus habilidades artísticas, las pinceladas se vuelven más burdas y toscas; William fue perdiendo paulatinamente la capacidad de representación espacial, las relaciones entre rasgos y objetos, entre proporción y perspectiva. El fondo de los cuadros se simplifica y hasta desaparece, y lo mismo sucede con el color, que se va extinguiendo como si se tratara de una metáfora de la enfermedad, hasta terminar en blanco y negro. La ausencia de colores equivalía a una ausencia de pensamientos.

Cada año el desarrollo de su enfermedad junto con el declive de sus habilidades se vuelve más evidente. En el primer autorretrato de 1995, William aún conservaba una mirada vivaz, aunque dura y posiblemente indignada. Es la mirada de quien ve cómo su mundo se reduce, se va volviendo cada vez más pequeño, se limita, y nos mira e interroga como si manifestara: “Vean lo que me está sucediendo”. Ha dibujado barrotes y él se encuentra detrás de ellos, y nos dice: “No puedo volver al mundo, estoy en la cárcel de mi enfermedad”. O también quizá nos estaba insinuando que son barrotes que las personas les imponen a estos pacientes para aislarlos de la sociedad. En los últimos cuadros se diluyen los rasgos de la cara, que aparecen borrosos y desconcertados. La enfermedad de Alzheimer va haciendo desaparecer el rostro de William, que se pierde junto con las neuronas dañadas. Tal y como sugirió su mujer Patricia: “Es como si William hubiera asimilado su destino en su pintura: subsistir mientras desaparece”. El Alzheimer, en los cuadros de este pintor, actúa decolorando y desfigurando al enfermo, deformándolo y fragmentándolo por completo. La figura de William Utermohlen se destaca como un testimonio de la capacidad creativa que poseen las personas que sufren alguna demencia. Tal y como es la enfermedad de Alzheimer.

Un ensayo realizado por Patricia después de la muerte de su esposo aclaró por qué estas imágenes tienen tanta fuerza: “En estas figuras contemplamos desolados los esfuerzos de William para explicarnos su trastorno, la alteración de su yo, sus miedos y su tristeza”. Los autorretratos de William documentan la agitación de un artista que observa cómo su mente se le va escapando lentamente.

Autorretratos entre los años 1995 y 2000, dispuestos en orden cronológico de 1 a 6 (selección)