Uno de los estudios más rigurosos publicados en EE.UU. demuestra que la medicina se ha equivocado al tratar la enfermedad con altas dosis de medicamentos con serios efectos secundarios. La mejor alternativa es terapia de conversación y ayuda psicosocial.
A principios de agosto Peter Gøtzsche, uno de los fundadores de la Colaboración Cochrane, una organización sin ánimo de lucro que ha tratado de aclarar qué funciona y qué no en los tratamientos médicos, publicó una lista de mitos que resumían sus más fuertes críticas a la psiquiatría moderna. Sus argumentos generaron una buena cantidad de comentarios en varios países. A algunos les resultó incómodo que Gøtzsche, cuyas investigaciones han sido citadas más de 15.000 veces, volviera a tratar el tema desde esa postura. Otros lo felicitaron por intentar eliminar la especulación, los mitos y las falsedades bajo ese lema que mueve a los 11.500 voluntarios de Cochrane: “Medicina basada en la evidencia”.
Entre los argumentos que daba Gøtzsche había un par que hacían alusión a la esquizofrenia y a los tratamientos farmacológicos con que los médicos combaten esa enfermedad. “Los antipsicóticos conducen a la contracción del cerebro y este efecto está directamente relacionado con la dosis y la duración del tratamiento (...) Se puede evitar por completo el uso de antipsicóticos en la mayoría de los pacientes con esquizofrenia, lo que aumentaría significativamente las posibilidades de que se conviertan en personas saludables y también aumenten su esperanza de vida”, escribía el médico danés.
Hoy, un par de meses después de su publicación, uno de los estudios más completos que se han hecho sobre esta enfermedad parece darle la razón. Luego de siete años de investigación y pruebas clínicas, un equipo de especialistas financiado por el Instituto de Salud Mental de EE.UU. volvió a poner en tela de juicio los habituales métodos con los que hasta ahora se ha tratado a la mayoría de los pacientes con esquizofrenia.
Según el grupo, liderado por John Kane, presidente del Departamento de Psiquiatría de la Escuela de Medicina Hofstra North Shore-LIJ, se presenta un mayor progreso cuando se formulan dosis pequeñas de antipsicóticos y se hace énfasis en terapias de conversación y apoyo a los familiares. ¿La razón? Una guía que ayude a construir relaciones sociales, a reducir el uso de sustancias y a controlar los síntomas es más eficaz y permite mejores condiciones de vida que un tratamiento farmacológico cuyos efectos secundarios son notables. Aumento de peso, temblores o extrema somnolencia son sólo algunas de las consecuencias que aquejan a cientos de pacientes.
De acuerdo con varios expertos consultados por el diario estadounidenseThe New York Times, este estudio, que empezó en 2009 y fue realizado en 34 clínicas, resulta importante porque demuestra la mejoría que han tenido pacientes de esquizofrenia en el largo plazo cuando se les reduce la dosis de antipsicóticos y se combina con terapias de conversación. Según ellos, por su rigurosidad (para algunos es el estudio más riguroso hecho en Estados Unidos sobre esquizofrenia), podría ser el primer paso para establecer un nuevo estándar de atención que ha dado resultados sorprendentes en regiones como Australia y Escandinavia.
La investigación, que será publicada en su totalidad el próximo martes enThe American Journal of Psychiatry, da pistas de hacia dónde debería virar el tratamiento de la esquizofrenia en el mundo.
En nuestro país, por lo menos, donde hay unas 471.000 personas con esquizofrenia, según datos del Ministerio de Salud, el abordaje de la enfermedad ha estado centrado en un proceso farmacológico. Así lo explica Carlos Filizzola, director del Departamento de Psiquiatría de la Universidad Javeriana, para quien esta falla se debe en parte a que durante muchos años el POS excluyó de muchos beneficios a los pacientes que tenían la enfermedad.
“Hasta hace muy poco volvimos a tener la posibilidad de incluir los tratamientos psicosociales, aun cuando habíamos realizado abordajes de psiquiatría comunitaria desde hace más de tres décadas. Por muchos años el sistema de salud había olvidado su importancia. Así que este estudio nos confirma lo que la observación empírica nos ha ratificado siempre”, asegura Filizzola.
Para él, la mejor muestra de ese vacío en Colombia la dio a conocer Piedad Bonnett, quien a través de su libro Lo que no tiene nombre“demostró la poca atención que se les da a las familias. La escasez de información”.
Fuente: Elespectador.com
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